Yo era una chica nerd, tímida y bajita. Constantemente me emparejaban con niños con problemas o que se portaban mal para que pudiera “ayudarlos”.
En esta ocasión, eran dos chicos populares de la clase de inglés. Uno era el típico deportista de los cómics de la década de los 2000, y el otro era el payaso de la clase que no sabía cuándo parar. Juntos, acordaron por unanimidad no hacer nada y burlarse de nuestros compañeros, mientras yo hacía la nube de palabras más fea del mundo. (Reprobé la clase de arte, así que no es broma).
Supongo que tuve una revelación, porque por primera vez en mis 15 años de vida, decidí que ya estaba harta y fui a decirle al maestro que esos chicos eran unos idiotas perezosos y prefería trabajar sola. Pasó un buen rato hasta que el bromista se dio cuenta de que me había ido, y cuando lo señaló, el deportista se levantó como si estuviera listo para salir disparado de sus pantalones tiro bajo.
El deportista dijo: “¿Por qué nos estás delatando? Si no hicimos nada”.
Y yo respondí: “Sí, ese es el problema”.
Y salí de la clase en silencio… porque estaba tan acostumbrada a que me intimidaran que esperaba que me tiraran una silla. Pero, aparentemente, me veía muy segura de mí misma, lo cual me dio un respeto callejero accidental que mi cabeza nerd estuvo 100% dispuesta a aceptar.